Tokio abrió su tercer aeropuerto mientras planea menos obras
públicas
Japón inauguró, un tercer aeropuerto para Tokio que nace con
escasez de aviones, en plena apuesta del nuevo Gobierno por
reducir sus faraónicas obras públicas a favor de políticas
sociales para una población envejecida.
El aeropuerto de Ibaraki, a 80 kilómetros de Tokio, se ha
convertido en un ejemplo de la inclinación del Gobierno de Japón
por confiar a las infraestructuras el crecimiento económico, lo
que a menudo ha sido criticado como un desperdicio de recursos.
El nuevo aeropuerto, el número 98 del país, ha costado 22.000
millones de yenes (179 millones de euros) y espera unas pérdidas
en su primer año de 20 millones de yenes (163.365 euros), a
pesar de que quiere convertirse, junto con los aeropuertos de
Narita y Haneda, en una puerta "secundaria" de entrada a Tokio.
Ibaraki tendrá que sobrevivir sin la participación de Japan
Airlines y All Nippon Airways (ANA), que controlan el 90 por
ciento de los vuelos nacionales, y tampoco ha sido fácil
conseguir el compromiso de las dos aerolíneas que lo utilizarán.
Este antiguo aeródromo militar a hora y media de Tokio recibirá
sólo un vuelo de ida y vuelta diario a Seúl-Incheon con la
compañía surcoreana Asiana, mientras que desde mediados de abril
la aerolínea de bajo coste nipona Skymark operará un ruta hacia
Kobe (centro).
Japón, desde el estallido de la burbuja inmobiliaria a finales
de los 80, fomentó durante años el crecimiento de su economía
con la construcción de autopistas, redes de ferrocarril únicas
en el mundo, puentes y aeropuertos.
Ahora, sin embargo, quiere reconducir esta estrategia debido a
una deuda que casi duplica el Producto Interior Bruto (PIB) y a
una población envejecida.
Según dijo a Efe el profesor de Ingeniería Civil de la
Universidad de Tokio, Yozo Fujino, "en algunas regiones cada vez
menos pobladas habrá necesidad de demoler algunas
infraestructuras por la falta de uso", aunque matizó que
"siempre serán necesarias inversiones para mantener las
construcciones buen estado".
Para Fujino, lo más importante es que el crecimiento de las
obras públicas sea sostenible y racional, y opinó que Japón ya
no necesita construir, como antes, grandes infraestructuras.
El gobierno del Partido Democrático, que llegó al poder en
septiembre con promesas de cambio tras más de medio siglo de
dominio conservador, ha presentado un presupuesto que invertirá
cinco veces más en políticas sociales (27,7 billones de yenes,
226.261 millones de euros) que en infraestructuras.
El exceso de hormigón y una deuda en aumento han llevado al
primer ministro, Yukio Hatoyama, a replantearse su política
presupuestaria y reducir en un 18 por ciento los fondos
destinados a obras públicas, su nivel más bajo en 32 años.
Hasta este nuevo presupuesto, Japón había confiado gran parte de
su crecimiento en las constructoras y en ejércitos de
trabajadores, dedicados a construir una red de autovías y
puentes faraónica y a la vez deficitaria en muchas regiones cada
vez más despobladas.
El nuevo Gobierno quiere dedicar más recursos al cuidado de sus
mayores, a las familias con hijos y a otras políticas sociales
que en su opinión tienen más impacto en la economía real.
El gobernador de Ibaraki, Masaru Hashimoto, reconoció
recientemente que el aeropuerto no será un negocio redondo y que
el proyecto tiene la intención de ser rentable en el largo
plazo, aunque en eventuales rutas domésticas tendría que
afrontar la dura competencia del tren bala o "Shinkansen".
El nuevo presidente de JAL, Haruka Nishimatsu, la primera
aerolínea del país y actualmente en plena reestructuración por
bancarrota, negó tajantemente que la compañía vaya a invertir
recursos para operar desde Ibaraki.
El Ministerio de Transporte publicó un informe que revela que
tan sólo ocho aeropuertos de Japón reciben el tráfico que habían
previsto, entre los que destaca el de Haneda-Tokio, que está
siendo ampliado mientras que Narita pierde peso por los 60
kilómetros que lo separan de la capital.